IN MEMORIAM

IN MEMORIAM
¡Menudo cuento!

En los comentarios que habéis dejado en el post anterior, vuestro interés se ha centrado en la forma de obtención del oro que hipotéticamente podría haber llevado a cabo la gente que habita en la ciudad de oro sumergida de Templemer. Sin embargo, y como no soy en absoluto ninguna eminencia en el campo de la química, yo me centraré en otra cuestión, y ésta no es otra que aquella que tiene que ver con la cantidad de oro que hay en todo nuestro planeta, ya sea extraído de las minas o el que se puede encontrar disuelto en el agua de nuestros océanos.

Veréis, resulta que el oro ya fue descrito por los egipcios hace más de 4500 años. Sus propiedades físicas y químicas le hacen ser considerado como uno de los metales preciosos más apreciados por el ser humano a lo largo de la historia. Pero no quiero hablaros aquí tampoco de historia, sino de números. Bien, uno de los ejercicios que llevo a cabo todos los años en mi clase de la universidad durante la primera semana de curso consiste en proponer a mis estudiantes algunos problemas de Fermi. Ya os he hablado de ellos en alguna otra ocasión. Estos problemas consisten en hacer estimaciones de cosas tan aparentemente imposibles de lograr como pueden ser el número de cabellos de una cabeza medianamente poblada, cuántas letras hay en un libro de tamaño medio, el tamaño del recipiente donde podría estar contenida toda la sangre humana o el número de átomos que hay en un cuerpo humano. Los problemas de Fermi son de una extraordinaria ayuda para un científico, pues permiten, además de eliminar óxido de la maquinaria cerebral, desarrollar el sentido crítico y el espíritu escéptico. No es lo mismo tener 10.000 cabellos que tener un millón; es muy distinto creer que en el cuerpo humano hay un trillón de átomos que saber que se encuentran casi diez mil cuatrillones. En cada caso, el orden de magnitud es muy distinto.

Con el asunto del oro podemos hacer algo semejante a un problema de Fermi de los citados anteriormente. En efecto, partiendo de que conocemos la producción anual de oro, que resulta ser de unas 2.500 toneladas métricas, que la densidad del oro es 19,3 veces mayor que la del agua y suponiendo que la raza humana ha estado extrayendo el metal amarillo a un ritmo constante durante un lapso razonable de tiempo como puede ser unos 200 años, resulta que en todo el mundo puede haber aproximadamente 500.000 toneladas de oro. Si todo este oro pudiese juntarse en un cubo macizo, éste tendría unas aristas de algo menos de 30 metros de longitud. Todo el oro del mundo cabría en un edificio macizo de 10 plantas. Aunque hubiésemos supuesto una cantidad dos veces más grande de oro, el cubo sólo hubiese aumentado su arista hasta los 37 metros.



Sumerjámonos ahora en las profundidades del océano. Aunque paradójico, no sé si sabréis que en el mar no sólo hay agua, sino también materia sólida disuelta. Esta materia sólida puede alcanzar hasta un 3% de la masa total. Haciendo una nueva estimación, esta vez de la cantidad total de agua en la Tierra, llegamos a que ésta puede ascender hasta los 1.500 trillones de litros. En esta inmensa masa de agua se encuentran disueltos elementos como el sodio, cloro (ambos forman la sal común o cloruro sódico), magnesio, azufre, potasio, etc. Pero resulta que también podemos hallar plata y oro. Y aquí viene el problema, pues existen estimaciones para todos los gustos de la cantidad de oro disuelta en los océanos, unas más optimistas y otras menos. Yo me quedaré con la que proporcionaron en 1990 dos científicos del MIT y que fue publicada en el volumen 98 de la revista Earth and Planetary Science Letters. Estas dos personas, Kelly Kenison-Falkner y John Edmond, midieron concienzudamente las concentraciones de oro disuelto, tanto en el océano Atlántico como en el Pacífico norte y hallaron que, en promedio, tan sólo ascendían a, aproximadamente, 1 gramo de oro por cada 100 millones de toneladas de agua. Por lo tanto, si se pudiese extraer de alguna manera todo el oro de los océanos de nuestro planeta, únicamente nos haríamos con unas 15.000 toneladas, esto es, el 3% de la producción mundial de oro a lo largo de toda la historia que estimamos unas líneas más arriba. Al capitán Nemo y sus fieles les va a hacer falta un poco de paciencia para poder construir su ciudad sumergida de oro. Al fin y al cabo, no es oro todo lo que reluce...

El consultorio del profesor Enigma (8)

Publicado por Sergio L. Palacios | miércoles, octubre 21, 2009 | 7 comentarios »

Un barco naufraga en medio de una terrible tormenta en el océano. Unos cuantos supervivientes son rescatados por el submarino Nautilus, al mando del capitán Nemo, y conducidos hasta Templemer, una ciudad sumergida creada asimismo por el enigmático Nemo y en la que habita una sociedad utópica, aislada del resto de la raza humana.

La codicia de los recién llegados no tardará en suponer una amenaza, no solamente para los habitantes de la ciudad, sino para la propia ciudad, una enorme estructura donde el oro abunda por doquier, pues no es más que un subproducto obtenido a partir de la síntesis del aire que necesitan para respirar los ciudadanos de Templemer y que no tiene ningún valor pecuniario para ellos.

Las líneas precedentes corresponden al argumento de la película titulada La ciudad de oro del capitán Nemo (Captain Nemo and the Underwater City, 1969) dirigida hace ya cuarenta años por James Hill. Se trata de una más entre las decenas de revisiones del personaje creado por el escritor francés Jules Verne, protagonista de dos de sus novelas más célebres: Veinte mil leguas de viaje submarino (Vingt mille lieues sous les mers, 1869-70) y La isla misteriosa (L'Ile Mysterieuse, 1874-75). Éstas habían sido llevadas al cine con gran éxito por la productora Disney en el año 1954 (protagonizada por Kirk Douglas y James Mason, en el papel de Nemo) y Ameran Films en 1961, respectivamente.

Blogs de estudiantes de FCF: La nueva generación

Publicado por Sergio L. Palacios | lunes, octubre 19, 2009 | 10 comentarios »

¡Ya están aquí! Mis estudiantes de FCF ya disponen de sus flamantes blogs donde tratarán de hacer méritos para aprobar la asignatura más friki de la universidad española. Y, como todos los años por estas fechas, a continuación os pongo los enlaces a sus direcciones web, para que podáis juzgarlos si es que os apetece. Este nuevo curso les he dicho que pondré especial atención en la interacción que muestren los unos con los otros, comentando y proponiendo ideas, sugerencias y opiniones a sus propios compañeros de clase. Bueno, pues sin más dilación... aquí van. ¡Suerte y justicia! ¡Fama y gloria! ¡Que la fuerza os acompañe!

Venga, va, Sophie. También la tercera y última. Ahora ya está mi deuda pagada.


Si a los que ya tenemos una determinada edad nos preguntasen sobre la imagen de Frankenstein que más vivamente conservamos en nuestra memoria, quizá la mayoría de nosotros estaríamos de acuerdo en que se trata de la escena de la película dirigida por James Whale en 1931 en la que el obsesionado doctor comprueba que su criatura ha adquirido el don de la vida durante una tenebrosa noche con ayuda de la descarga eléctrica de un rayo de tormenta.

Aunque es quizá la más célebre, la cinta de Whale no tuvo el privilegio de ser la primera en adaptar a la gran pantalla el relato de Mary Shelley. Tal honor le corresponde a la Edison Company, que en 1910 había producido una versión de 16 minutos de duración dirigida por J. Searle Dawley. A ésta la seguiría cinco años después una nueva adaptación del mito titulada Life without Soul, de 70 minutos de duración, y dirigida por Joseph W. Smiley. El mismo Whale dirigiría una secuela en 1935, titulada Bride of Frankenstein (La novia de Frankenstein), considerada incluso superior al clásico de 1931. Posteriormente, aparecerían numerosas secuelas y versiones durante finales de los años 30 y la década de los 40 del siglo pasado. Incluso la mítica productora británica Hammer realizaría hasta 7 revisiones de la criatura más famosa de la literatura durante las décadas de los años 50, 60 y 70. Hasta el hortera de Andy Warhol llegó a producir en el año 1973 una versión pornográfica de Frankenstein en 3D titulada Carne per Frankenstein. En los siguientes años siguieron llevándose a cabo más y más adaptaciones. De entre ellas quiero destacar el Frankenstein Unbound (La resurrección de Frankenstein, 1990) dirigida por el prolífico Roger Corman y basada en el relato de Brian Aldiss, y cómo no, la estupenda versión del genial Kenneth Branagh, Mary Shelley's Frankenstein, en el año 1994.

En esta última adaptación, una de las más fieles a la novela de Shelley, se sustituye la clásica escena de la tormenta por un contenedor rebosante de anguilas eléctricas, encargadas de proporcionar las descargas necesarias para que la desdichada criatura comience su particular peregrinación por un mundo que le resulta cruel, inhumano y carente de compasión.

Pero donde quiero detenerme y centrarme es precisamente en este asunto de las descargas eléctricas como elementos insufladores de vida en la materia inanimada. En las dos entradas anteriores que completan esta trilogía sin par, hemos visto los efectos producidos por las corrientes eléctricas a las que eran sometidos los ajusticiados en el patíbulo, pero a continuación intentaré mostraros que cuando la electricidad proviene de un rayo de tormenta la cosa puede ser muy diferente. Empezaré antes con un poco de física, seguiré después con otro poco y terminaré con algo de física. ¿Os parece?

En primer lugar, nuestro amigo el doctor Frankenstein, debe saber algunas cosas sobre esos fenómenos atmosféricos que llamamos rayos de tormenta. Por ejemplo, que suelen generarse más frecuentemente en el interior de un tipo de nubes denominadas cumulonimbus, cuya parte superior se encuentra típicamente a unos 6 km de altura, con una temperatura de unos -20 ºC. Debido a la fricción, se produce una separación de cargas eléctricas en el interior de la nube, dejando su parte superior cargada con signo positivo, mientras que la parte inferior, a unos 3 km de altura y una temperatura comprendida entre 0 ºC y 10 ºC, adquiere una carga negativa.

Otra cosa que debe conocer Victor Frankenstein es que hay que esperar el momento adecuado para poder disponer de energía eléctrica suficiente que provenga de una tormenta. Se estima que en todo el mundo se producen entre 40.000 y 50.000 tormentas eléctricas a diario, las cuales dejan un saldo de más de 100 rayos por segundo. Aunque si no quisiera esperar demasiado, siempre podría trasladar su tenebroso laboratorio al sur del lago Maracaibo, en la cuenca del río Catatumbo (Venezuela). En esta región tiene lugar un fenómeno atmosférico asombroso consistente en una tormenta cuya duración asciende a unos 160 días anuales y es capaz de generar casi 300 relámpagos cada hora. Se considera que prácticamente la décima parte del ozono de nuestra atmósfera se produce allí.

Un rayo no es otra cosa que una descarga pasajera o transitoria de una elevada intensidad de corriente eléctrica. La mitad de los rayos suceden en el interior de la propia nube donde se generan, mientras que la otra mitad aproximadamente tiene lugar entre la nube y el suelo. Estas descargas entre nube y tierra pueden ser tanto positivas como negativas, siendo las más frecuentes las segundas con una proporción de 9 a 1, aunque también es cierto que las primeras son mucho más violentas. También se pueden dar descargas desde la tierra hasta la nube, aunque suelen ser mucho menos frecuentes, y tienen lugar en zonas de gran altitud, desde las cimas de las montañas o desde estructuras artificiales hechas por el ser humano.

Inicialmente, en el interior de la nube se produce la anteriormente aludida separación entre las cargas eléctricas positivas y negativas entre la parte superior y la inferior. El campo eléctrico se hace, entonces, tan intenso que se produce un fenómeno conocido como ruptura dieléctrica, consistente en que el aire se hace conductor de la electricidad. Se forma así el llamado canal que observamos con las diversas ramificaciones tan características y por el que circula corriente eléctrica que puede alcanzar una intensidad de varios cientos de amperes (amperios para los que os guste traducir nombres propios, cosa a la que me niego hasta que a los newtons se les llame newtonios) a una velocidad de hasta 200 km/s. A medida que el canal se acerca a tierra, el campo eléctrico que se induce en los objetos, sobre todo en los que terminan en punta o tienen formas irregulares, también aumenta enormemente. En este momento, se inicia una descarga entre estos objetos hasta entrar en contacto con el canal y cuando éste llega a tierra se produce una descarga hasta la nube a lo largo del canal. Dicha descarga recibe el nombre de primera descarga de retorno y se propaga casi a la mitad de la velocidad de la luz, transcurriendo tan sólo unas 70 millonésimas de segundo en viajar de tierra a nube. La intensidad de corriente alcanza valores máximos del orden de los 30.000 amperes (¿aún no se llama newtonios a los newtons?) y la temperatura puede superar los 30.000 ºC. Posteriormente, si aún resta carga eléctrica acumulada en el interior de la nube, tienen lugar sucesivas descargas de retorno, pero en éstas ya no se observan ramificaciones como sucede con la primera.

A la vista de los anteriores datos, cabe hacerse una pregunta: ¿es una buena idea someter al maltrecho cuerpo del monstruo de Frankenstein a la descarga de un rayo de tormenta? Para responder, me voy a detener un poco en los efectos que produce la corriente eléctrica sobre el cuerpo humano. Se dice que una persona se electriza cuando la corriente eléctrica circula por su cuerpo; en cambio, se habla de electrocución si la persona fallece. Antes de la muerte suelen suceder dos fenómenos muy característicos denominados, respectivamente, tetanización y fibrilación ventricular. El primero consiste en un movimiento incontrolado e involuntario de los músculos como consecuencia del paso de la corriente eléctrica, mientras que el segundo se caracteriza por un movimiento caótico del corazón, siendo éste incapaz de bombear sangre a los distintos órganos del cuerpo. Si el paso de la corriente afecta al centro nervioso encargado de la regulación de las funciones respiratorias, entonces se produce la asfixia. Evidentemente, todos los efectos anteriores no tienen demasiada importancia para nuestro doctor Frankenstein, pues su criatura está confeccionada a partir de fragmentos de cadáveres y por tanto no puede sufrir fibrilación ventricular ni tampoco asfixia. En cambio, lo que no puede obviar en ningún caso es el efecto térmico de la corriente eléctrica.

Efectivamente, el cuerpo humano se comporta básicamente como una resistencia y se opone en cierta medida al paso de una corriente eléctrica. Esta resistencia está formada por otras tres resistencias parciales cuyas contribuciones han de sumarse, a saber: la de la piel en la zona de entrada de la corriente, la interna del cuerpo y de nuevo la de la piel en la zona de salida de la corriente. Las distintas partes del cuerpo muestran resistencias asimismo diferentes. Así, por ejemplo, los brazos y las piernas resultan mucho más resistivos que el tronco. Igualmente determinantes resultan otros factores, como pueden ser la tensión o diferencia de potencial (el voltaje) aplicada, la duración del paso de la corriente, el grado de humedad de la piel, etc. Como norma general aproximada, se le suele atribuir a la resistencia del cuerpo humano entre la mano y el pie un valor estándar de unos 2500 ohms (no los llamaré ohmios hasta que a los newtons se les llame newtonios).

Fue James Joule el señor que descubrió el efecto que lleva su nombre y que viene a decir, en palabras sencillas, que toda corriente eléctrica produce un efecto disipativo en forma de calor al atravesar una resistencia. Esta energía calorífica depende del producto del cuadrado de la intensidad de la corriente por el valor de la resistencia y por el tiempo que dure el paso de la corriente. El efecto Joule lo vemos todos los días en nuestras placas vitrocerámicas, en el grill del horno o en el filamento de las bombillas.

Pues bien, dependiendo tanto de la densidad de la corriente (intensidad de corriente por unidad de área) que atraviese el cuerpo humano como del tiempo que dure la exposición, se pueden experimentar distintas consecuencias que van desde un leve enrojecimiento de la piel y una hinchazón en la zona de contacto con los electrodos para valores de la densidad de corriente de entre 15 y 30 miliamperes por milímetro cuadrado y tiempos de unos pocos segundos hasta una carbonización total de la piel para densidades de corriente de unas pocas decenas de miliamperes por milímetro cuadrado y tiempos de exposición que no superan unas pocas decenas de segundos. Si aún así no os queda suficientemente claro, coged la anteriormente citada ley de Joule y aplicadla a un cuerpo humano, vivo o muerto, o a la criatura de Frankenstein sin ir más lejos. Si su creador, el doctor le zurrase bien con una descarga de un rayo de 30.000 amperes durante tan sólo una milésima de segundo, el calor generado como consecuencia sería suficiente para elevar la temperatura de la piel unos 5.000 grados centígrados, la temperatura de la superficie solar. Como poco, el desdichado ser sin alma, sería negro.

La ciencia necesita amor. Tijeras No

Publicado por Sergio L. Palacios | miércoles, octubre 07, 2009 | 12 comentarios »

Hoy, 7 de octubre de 2009, cientos de blogueros se van a sumar a lo largo de toda la jornada a la iniciativa promulgada por Javi Peláez, responsable de "La Aldea Irreductible", una iniciativa que propone que en todos los blogs que se sumen a la misma se publique una razón para no permitir el recorte en los fondos destinados a la investigación científica y tecnológica en nuestro país para el próximo año 2010.

Para mí personalmente, como científico profesional, sería demasiado fácil encontrar una razón por la que no deberíamos dejar de invertir en la ciencia. De hecho, seguro que a todos se nos ocurren una buena cantidad de ellas. Sé de sobras que los motivos que se podrán leer hoy por toda la blogosfera serán estupendos, loables, razonados y muy respetables, pero también estoy seguro que muchos de ellos se repetirán una y otra vez, porque en el fondo todos sentimos cosas parecidas y todos queremos decir cosas parecidas.

Carl Sagan decía que "vivimos en una sociedad profundamente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que nadie sabe nada de estos temas. Ello constituye una fórmula segura para el desastre." Isaac Asimov afirmaba que "el aspecto más triste de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento más rápidamente que la sociedad en sabiduría." Por su parte, Jean Rostand iba más allá al decir que "la ciencia nos ha hecho dioses antes de que mereciéramos ser hombres.". Pero sería Karl Popper, el célebre filósofo, el que captase más profundamente la esencia de la ciencia al establecer que "la ciencia será siempre una búsqueda, jamás un descubrimiento real. Es un viaje, nunca una llegada."

Después de lo que han dicho genios como los anteriores, quién soy yo para estropear sus frases con mis torpes propuestas. Un mundo ignorante en temas de ciencia nunca podrá comprender el universo, el milagro de la vida, el ansia humana por descubrir, por conocer, por saber, siempre más, siempre mejor. Una sociedad sin conocimiento científico es una sociedad ignorante, condenada a no poder tomar decisiones sabias, razonadas, inteligentes; una sociedad crédula, manejable, víctima fácil del pensamiento místico y mágico; una sociedad embrutecida, ociosa, que preferirá solucionar los problemas a base de violencia, el recurso más fácil, el que menos esfuerzo de entendimiento requiere. La ciencia nos ha hecho poderosos a lo largo de la Historia, nos ha otorgado el poder de curar enfermedades mortales hasta hace muy poco tiempo, el poder de vivir más y con mejor calidad, el poder de reanimar un corazón parado, el poder de modificar el tiempo, el poder de desplazarnos enormes distancias en tiempos muy cortos, el poder de llegar incluso a otros mundos, y de saber cómo comenzó el nuestro. La ciencia nos ha hecho dioses, pero no se ha detenido ahí. La ciencia es un viaje continuo, incesante; nunca se detiene. Sin la ciencia aún estaríamos caminando semierguidos y en pelotas por algún rincón del planeta.

La ciencia viste de blanco satén, tiene rostro de mujer. El hombre de las tijeras viste de negro, y se siente solo, aislado, incomprendido. La ama, pero no se atreve a tocarla, a rozarla, a acariciarla. Tiene miedo de herirla, de hacerle daño, pero no puede evitar ser quien es, ser lo que es. En sus sueños, piensa que no está tan lejos de casa; se pregunta quién es él en un mundo tan lejos de casa; toda su vida y todo el tiempo demasiado lejos de casa; sin ella, él estará demasiado lejos de casa. El mundo que ve más allá de los preciosos ojos de ella le hace querer quedarse a su lado, sin importar lo que digan los demás. Porque el amor puede encontrar su momento y ser ambos de nuevo uno parte del otro. Otro final es posible.


Letra de la canción:

I' m loving living every single day

But sometimes I feel so...

I hope to find a little peace of mind

And I just want to know

And who can heal those tiny broken hearts

And what are we to be

Where is home on the milky way of stars

I dry my eyes again

In my dreams I am not so far away from home

What am I in a world so far away from home

All my life all the time so far away from home

Without you I will be so far away from home

If we could make it through the darkest night

We' d have a brighter day

The world I see beyond your pretty eyes

Makes me want to stay

And who can heal those tiny broken hearts

And what are we to be

Where is home on the milky way of stars

I dry my eyes again

In my dreams I am not so far away from home

What am I in a world so far away from home

All my life all the time so far away from home

Without you I will be so far away from home

I count on you, no matter what they say

' cause love can find its time

I hope to be a part of you again

Baby let us shine

And who can heal those tiny broken hearts

And what are we to be

Where is home on the milky way of stars

I dry my eyes again

In my dreams I am not so far away from home

What am I in a world so far away from home

All my life all the time so far away from home

Without you I will be so far away from home

In my dreams I am not so far away from home

What am I in a world so far away from home

All my life all the time so far away from home

Without you I will be so far away from home

Mi colección de frikilibros

Publicado por Sergio L. Palacios | jueves, octubre 01, 2009 | , | 4 comentarios »

Esta semana ha sido un tanto complicada. El comienzo del curso, de las clases de Física en la Ciencia Ficción,... y también los preparativos de última hora de mi presentación y participación en las jornadas de Blogs & Ciencia en CosmoCaixa Madrid para este próximo fin de semana. Así que no he tenido demasiado tiempo para dejaros la tercera y última parte, el desenlace de la trilogía de "Aprendiendo a ser Dios". Como no quería dejaros desamparados en las tinieblas de la soledad, aquí debajo os pongo unas cuantas recomendaciones para que podáis llegar a ser todos unos auténticos expertos en frikiciencia. Son tan sólo una muestra parcial de mi biblioteca, unos cuantos frikilibros escogidos y que resultan especialmente recomendables para llevárselos a un lugar remoto y abandonado. Así estaréis entretenidos hasta mi vuelta (si es que regreso, que nunca se sabe...). Echadles un vistazo tranquilamente porque merecen mucho la pena. ¡Disfrutad!


1.- Física y ciencia ficción; Pilar Bacas, Mª Jesús Martín, Fidel Perera, Ana Pizarro.
2.- The science of Star Wars; Jeanne Cavelos.
3.- De King Kong a Einstein: la física en la ciencia ficción; Manuel Moreno, Jordi José.
4.- Fantastic voyages: learning science through science fiction films; Leroy W. Dubeck, Suzanne E. Moshier, Judith E. Boss.
5.- The physics of superheroes; James Kakalios.
6.- The encyclopedia of science fiction; John Clute, Peter Nicholls.
7.- The encyclopedia of science fiction movies; C.J. Henderson; Checkmark Books.
8.- The mammoth encyclopedia of science fiction; George Mann.
9.- La ciencia en la ciencia ficción; Peter Nicholls.
10.- Paradojas: ciencia en la ciencia ficción; Miquel Barceló.
11.- Paradojas II: ciencia en la ciencia ficción; Miquel Barceló.
12.- The science of the X-files; Jeanne Cavelos.
13.- The real science behind the X-files; Anne Simon.
14.- The science of the X-men; Link Yaco, Karen Haber.
15.- Time machines: time travel in physics, metaphysics and science fiction; Paul J. Nahin.
16.- How to build a time machine; Paul Davies.
17.- Breaking the time barrier: the race to build the first time machine; Jenny Randles.
18.- Black holes, wormholes & time machines; Jim Al-Khalili.
19.- Bad astronomy; Philip Plait.
20.- The science of Superman; Mark wolverton, Roger Stern.
21.- The science of superheroes; Lois H. Gresh, Robert Weinberg.
22.- The science of supervillains; Lois H. Gresh, Robert Weinberg.
23.- The physics of Star Trek; Lawrence M. Krauss.
24.- Beyond Star Trek: from alien invasions to the end of time; Lawrence M. Krauss.
25.- Hablando de física a la salida del cine; Antoni Amengual.
26.- Insultingly stupid movie physics; Tom Rogers.
27.- The science of anime; Lois H. Gresh, Robert Weinberg.
28.- Don't try this at home: the physics of Hollywood movies; Adam Weiner.
29.- The physics of the buffyverse; Jennifer Ouellette.
30.- The science of the hitchhiker's guide to the galaxy; Michael Hanlon.
31.- The science in science fiction; Robert W. Bly.
32.- Centauri dreams; Paul Gilster.
33.- Where is everybody?; Stephen Webb.
34.- Physics of the impossible; Michio Kaku.
35.- The science of Dr. Who; Paul Parsons.
36.- Death rays, jet packs, stunts and supercars; Barry Parker.
37.- Becoming Batman; E. Paul Zehr.
38.- Teleportation; David Darling.
39.- PSIence; Marie D. Jones.
40.- The science of Stephen King; Lois H. Gresh, Robert Weinberg.
41.- Cómo clonar a la rubia perfecta; Sue Nelson, Richard Hollingham.
42.- The encyclopedia of superheroes on film and TV; John Kenneth Muir.
43.- Hollywood science; Sidney Perkowitz.
44.- The science of aliens; Clifford Pickover.
45.- The science of UFOs; William R. Alschuler.

Aprendiendo a ser Dios (2ª parte)

Publicado por Sergio L. Palacios | jueves, septiembre 24, 2009 | , , | 11 comentarios »

Dedicatoria: Para Sophie también. Quedaba un poco feo incompleto, ¿verdad?

La historia de Frankenstein o el moderno Prometeo es bien conocida. Su autora, una jovencísima Mary Shelley, se había casado en 1816 con el poeta Percy B. Shelley. Durante el verano de 1816, la feliz pareja estaba pasando unos días de asueto en la Villa Diodati, la casa de Lord Byron cerca del lago Ginebra (Suiza), en compañía del médico de Byron, John W. Polidori y de Claire Clairmont, embarazada del poeta. En una tarde de tormenta, que imposibilitaba el paseo, decidieron permanecer en casa. Para combatir el tedio, se propuso que todos y cada uno escribiesen una historia de terror. Dos años más tarde, una de las más célebres novelas de la Historia vería la luz.

El protagonista de la novela, el joven suizo Victor Frankenstein viaja a la universidad de Ingolstadt para estudiar medicina. Su obsesión es la "fuente", la "chispa" capaz de generar la vida. Su idea le lleva a juntar partes distintas de cuerpos pertenecientes a cadáveres y a galvanizarlos.

Aunque ahora mismo no recuerdo si en la novela Mary Shelley hace usar la electricidad al doctor Frankenstein para animar a su criatura, la verdad es que Mary no sacó sus ideas de la nada. Su marido, Percy Shelley, siempre había mostrado interés por la alquimia y, en especial, por el trabajo de Paracelso, un controvertido médico del siglo XVI. Éste había sugerido que utilizando esperma humano magnetizado (se necesita ser guarro para ponerse un imán en las pelotas) se podía crear un "homúnculo", un hombre sin alma idéntico a su creador y que se alimenta de su sangre, casi no duerme y se le puede reconocer fácilmente por su tamaño, pues no supera los 30 cm.

La receta exacta para crear un homúnculo consistía en disponer una bolsa en la que se introducían huesos, esperma, fragmentos de piel y pelo de animal. Se enterraba todo rodeado de estiércol de caballo durante 40 días y listo. El problema del descenso demográfico solucionado. Existían, asimismo, variantes del procedimiento anterior. Una de ellas tenía que ver con la mandrágora, ya que se creía que esta planta crecía en la tierra donde se derramaba el semen de los ahorcados (¿todos los ahorcados mueren empalmados?). La raíz de la mandrágora debía alimentarse con leche y miel, o incluso con sangre (en la película El laberinto del fauno se puede encontrar una escena donde se pone de manifiesto semejante costumbre). Por último, otra variante comúnmente empleada para crear homúnculos era introducir esperma humano en el interior de un huevo de gallina negra y dejar germinar el potingue así generado. Al igual que la criatura del doctor Frankenstein, los homúnculos se rebelaban contra sus creadores y huían al poco tiempo de haber sido creados.

Aunque se sabe que Mary Shelley tenía conocimiento de todas estas creencias y también de los experimentos de Galvani, Volta, Aldini y otros, con su doctor Victor Frankenstein las fuentes de su inspiración no parecen tan claras. Podría quizá haber sabido de las andanzas de un tal Karl August Weinhold, quien había sido el médico real de Prusia desde 1817 hasta su muerte, en 1829. El aspecto físico de Weinhold era un tanto "peculiar". Tenía una cabeza más bien pequeña y los brazos y piernas muy largos en comparación, carecía absolutamente de barba, con un aspecto feminoide y, según su autopsia, los genitales visiblemente deformes. Este individuo preconizaba como método para acabar con la pobreza la supresión del alimento a los pobres, a los mendigos y propugnaba la contracepción mediante la colocación de un aro o anillo alrededor del escroto de los mismos. Insistía en que la electricidad podría devolver los muertos a la vida; de hecho, afirmaba haberlo conseguido en su laboratorio utilizando gatos en sus experimentos, a los que les extirpaba el cerebro y la médula espinal, sustituyéndola por baterías eléctricas bimetálicas. Weinhold aseguraba que sus gatos resucitados podían incluso ver y oír.

El asunto de formar una criatura a partir de pedazos de cadáveres provoca nuestros miedos más profundamente arraigados. El ser monstruoso, el engendro creado por el doctor Frankenstein representa uno de los iconos más reconocibles del terror. Los experimentos sobre galvanismo se practicaban con la creencia en que la materia inanimada podía ser devuelta, de alguna manera, a la vida y la materia prima más adecuada con la que poder demostrar las teorías eran los cadáveres de los ajusticiados o de otras personas fallecidas cuyos cuerpos eran vendidos por sus familiares para poder sufragar los costes de sus propios funerales. Estos cuerpos, normalmente, eran adquiridos por las facultades de medicina, donde los estudiantes asistían a disecciones siempre practicadas por un profesor de anatomía. A principios del siglo XIX, en Londres el tiempo de espera de un estudiante para poder asistir a una disección rondaba los 30 días, mientras que en Glasgow este plazo se reducía a tan sólo 3-4 días. Las únicas vías legales de conseguir cuerpos era a través del consentimiento de la familia o provenientes de los patíbulos. De esta manera, empezaron los robos de cadáveres de las tumbas llevados a cabo por los a partir de entonces conocidos como los "resurreccionistas" o "resucitadores", siempre amparados por la falta de alumbrado eléctrico en aquella época. Estos individuos tenían atemorizada a la ciudad hasta tal punto que llegaron a instalarse trampas en las tumbas, con pistolas que se disparaban automáticamente sobre el que osara profanarlas.

Entre 1827 y 1828, dos asesinos en serie, William Burke y William Hare, llegaron a asesinar a 17 personas en Edimburgo (Escocia). Los cuerpos de los cadáveres fueron vendidos al doctor Robert Knox, del colegio médico de la misma ciudad. El precio estipulado por cada cuerpo ascendió a 15 libras. Hare testificó en el juicio contra su compañero de fechorías y Burke fue ajusticiado públicamente en enero de 1829. Tres años más tarde, en 1832, el Parlamento creó una ley para abastecer de cadáveres las aulas universitarias. Los cuerpos provendrían de trabajadores, hospitales, prisiones y familias pobres que accediesen a venderlos.

Mathew Clydesdale fue uno de esos condenados a muerte que, tras su ejecución el 4 de noviembre de 1818, sería puesto a disposición de los cirujanos James Jeffray y Andrew Ure. Conducido al cadalso por el verdugo Tammas Young, donde esperaba una gran multitud, fue colgado durante una hora, hasta asegurarse de su muerte. Una vez fallecido, su cuerpo fue conducido hasta la sala de disección, donde sería sometido a unas experiencias sobre galvanismo sin precedentes hasta aquella época. Sobre una silla, y ante la mirada atónita del público, el pecho de Clydesdale se hinchó al serle aplicada la corriente eléctrica, la lengua salió de la boca y sus ojos se abrieron. La cabeza, los brazos y las piernas se movieron e incluso hizo un débil gesto de levantarse de la silla sobre la que estaba sentado, todo ello como si hubiese vuelto a la vida desde más allá de las tinieblas de la muerte. Jeffray, horrorizado ante semejante visión, cogió un escalpelo y lo hundió en la yugular del reanimado Clydesdale, quien cayó estrepitosamente al suelo. Las convulsiones de su cuerpo eran tan fuertes que los miembros salieron despedidos en todas direcciones.

A pesar de la notoriedad que alcanzó con la disección y galvanización del cadáver de Mathew Clydesdale, el profesor Andrew Ure siempre admitió que su interés no era crear vida, sino más bien recuperarla, sobre todo en gente recién ahogada o que había fallecido hacía poco tiempo. Ure estableció las bases de lo que actualmente conocemos como desfibrilador.

El interés en el galvanismo decreció rápidamente a partir de 1830, quizás debido a la imposibilidad de reanimar el corazón. En 1849, Emil du Bois-Reymond desarrolló un galvanómetro capaz de medir la corriente eléctrica de la actividad muscular. Al año siguiente, Hermann von Helmholtz demostró que la electricidad viajaba por los nervios de las ranas a velocidades comprendidas entre 35 y 40 metros por segundo, prácticamente igual que en los seres humanos. No fue hasta 1899 cuando dos científicos suizos, Jean-Louis Prévost y Frederic Battelli, descubrieron que una pequeña descarga eléctrica podía producir fibrilación ventricular en perros, mientras que otra algo mayor podía devolver el corazón a su ritmo normal. Frankenstein o el moderno Prometeo llevaba publicado más de 80 años y hacía casi siglo y medio que Benjamin Franklin había demostrado que los rayos de tormenta no eran otra cosa que un fenómeno eléctrico.


Fuente: Raising the Dead, by Andy Dougan. Birlinn Limited, 2008.

Jornadas Blogs & Ciencia de CosmoCaixa

Publicado por Sergio L. Palacios | martes, septiembre 22, 2009 | , | 0 comentarios »

Pues sí, ya está aquí. Por fin ha llegado el día. No, no me estoy refiriendo al equinoccio de otoño, sino al comienzo del plazo de inscripción para asistir a las Jornadas de Blogs & Ciencia que organiza la Obra Social de la Fundación la Caixa en CosmoCaixa Madrid (Alcobendas) y que tendrán lugar los próximos días 2 y 3 de octubre.

Para la ocasión se ha invitado a una serie de criaturas de la blogosfera, de monstruos de la divulgación que harán las delicias de todos los asistentes. Allí podréis encontrar a Alvy (Microsiervos), Manuel Hernán (Ciencia Kanija), Miguel Artime (Maikelnai's blog), Iván García (Wis Physics), Iñaki Úcar (Enchufa2), Héctor Mediavilla (Museo de la Ciencia), Sergio Pérez (Tall & Cute), Rubén Pascual (Ocularis), Miguel A. Sabadell (La ciencia de tu vida), José A. Pérez (Mi mesa cojea), Ambrosio Liceaga (Ciencia de bolsillo), Eugenio Manuel Fernández (Ciencia en el XXI), quien se ha dado una paliza de campeonato preparando y organizando todo este tinglado, Jorge Alcalde (director de la revista Quo), Javier Armentia (Por la boca muere el pez) y, por supuesto, también a un servidor, que tendrá al gusto de compartir una mesa redonda con Eugenio y con Jorge.



Si estáis interesados en asistir, hoy mismo da comienzo el plazo para inscribirse, que terminará el próximo día 29 de setiembre. La asistencia es completamente libre para todo el mundo, sin excepción. Bueno, hay una: el límite del aforo. Espero que haya que ponerla en práctica, lo cual será una señal inequívoca de que las jornadas habrán sido un éxito. Así lo espero y allí os espero a todos dentro de unos poquitos días.

Aprendiendo a ser Dios

Publicado por Sergio L. Palacios | jueves, septiembre 17, 2009 | , , | 7 comentarios »

Dedicatoria: Para Sophie, a quien una vez se lo prometí.


¿Existe Dios? ¿Se puede demostrar su existencia? ¿Y su inexistencia? ¿Cuál es la principal característica de Dios, crear vida? ¿Es Dios necesario para explicar el universo? ¿No podemos nosotros jugar a ser Dios y hacer lo que se supone que él ha hecho? ¿Dónde reside la vida, qué es, se puede crear sin necesidad de chingar o utilizar células vivas en un tubo de ensayo? ¿Seríamos capaces de dotar de vida la materia inanimada, resucitar a los que han muerto?

No, no temáis. No os habéis equivocado de blog, esto sigue siendo Física en la Ciencia Ficción. Aunque he empezado un tanto filosofador, esta página web sigue tratando sobre física y ciencia ficción (alguna que otra vez, escribo sobre lo que me viene en gana para cabreo de algún que otro troll o intransigente lector que sólo busca un poco de gresca). Dejadme, entonces, que continúe y al final ya me diréis si ha valido la pena o no. Comenzaré con un poco de rollito histórico.

Los antiguos romanos, esos tipos de las pelis de romanos que llevaban un cepillo de barrer en la parte superior del casco, con el que protegían sus duras cabezotas de conquistadores perennes, fueron los primeros en probar terapias sobre enfermos paralíticos mediante descargas eléctricas. Para ello, sumergían a éstos en lagunas donde abundaban peces eléctricos, como el electrophorus electricus.

Hacia el siglo III antes de Cristo, el anatomista griego Erasístrato de Ceos (304-250 a.C.) descubrió lo que llamó el "espíritu nervioso", que se transportaba desde el cerebro a los músculos por medio de los nervios. Erasístrato era un adelantado a su época y quiso ser uno de los primeros seres humanos en romper el tabú de diseccionar cadáveres. Cuando por fin se decidió a hacerlo, se encontró con un sistema de fibras delgadas de color plateado (previamente, habían sido interpretadas por otros como venas y arterias) formando una intrincada red que conectaba el cerebro con las otras partes del cuerpo. Entre sus demostraciones se encontraba una consistente en enmudecer a un cerdo (con lo difícil que resulta esto hoy en día) al pinchar los nervios encargados de controlar el movimiento de la laringe del animal. Erasístrato había descubierto lo que actualmente conocemos como sistema nervioso.

Casi 500 años más tarde, otro médico griego, Galeno (130-200), difundiría y ampliaría los hallazgos de Erasístrato. Hacia el año 180 estableció que los nervios estaban controlados por los "pneuma" o "espíritus" animales que se generaban en el cerebro y que eran transmitidos a través del cuerpo. También hoy en día conocemos estos "espíritus" animales como impulsos nerviosos.

Pero habría que esperar varios siglos hasta disponer de fuentes capaces de producir electricidad de forma artificial. Así, en el siglo XVII, Otto von Guericke construyó un generador que producía electricidad estática a gran escala, haciendo girar alrededor de un eje una esfera de azufre a altas velocidades. Sin embargo, dicha electricidad no podía almacenarse de ninguna manera conocida para ser utilizada más tarde. Hacia 1745 Ewald Jürgen Georg von Kleist lo conseguiría haciendo uso de un frasco forrado con láminas de plata por dentro y por fuera empleando la fricción. De no ser porque falleció hace más de 200 años, aún se estaría recuperando de la sacudida recibida. Más o menos por la misma época, Pieter van Musschenbroek, a la sazón, profesor de física y matemáticas en Leyden, construyó la famosa botella de Leyden. Tampoco se libraría de un buen meneo (y no me refiero al de ninguna red social) al andar enredando con las botellitas de marras. Incluso llegó a afirmar que jamás volvería a repetir la experiencia, aunque le ofrecieran todo el reino de Francia.

Cuando se unían entre sí de forma adecuada un número arbitrario de botellas de Leyden se lograba almacenar electricidad a voluntad. De esta forma, comenzaron a proliferar los experimentos y, sobre todo, algo que se pondría muy de moda en la época: las exhibiciones en público. Así, en 1729, Stephen Gray llegó a suspender horizontalmente a un joven mediante hilos de un material no conductor. Cerca de sus pies situaba un tubo de vidrio, mientras que al lado de su nariz disponía un electroscopio de hojas. Cuando se cargaba el tubo por fricción, el electroscopio se movía atraído por la nariz del muchacho. Jean-Antoine Nollet (1700 ?-1770) llevó a cabo delante del mismísimo Luis XV de Francia un espectáculo en el que colocando en fila unidos a 180 soldados, hizo pasar a través de todos ellos una descarga eléctrica. Posteriormente, realizaría algo similar con ayuda de 700 monjes formando una cadena humana de casi un kilómetro de longitud. En 1778, Franz Anton Mesmer (1734-1815) llegaba a París. Procedía de Viena, donde había sido desacreditado. Mesmer afirmaba que existía una fuerza que recorría todos los seres. Esta fuerza debía estar equilibrada, compensada y fluir armónicamente por el cuerpo humano para asegurar una buena salud. A dicha fuerza la llamó "magnetismo animal". Armado con esta teoría, se dedicaba a ejercer de curandero, realizando llamativos experimentos con ayuda de imanes y electrodos con los que pretendía curar pacientes aquejados de histeria o ceguera. En una ocasión, llegó a hacer a una mujer ingerir un líquido en el que previamente había diluido una cierta cantidad de hierro. Luego colocaba imanes junto a su cuerpo, con los cuales ella aseguraba sentir misteriosas sensaciones recorriendo sus entrañas. Más de dos siglos después, aún ciertos individuos sin escrúpulos siguen practicando experiencias similares. La ignorancia y la incultura se extienden como plagas entre las mentes débiles. En 1784, el rey Luis XVI ordenó una investigación sobre la efectividad y fundamento científico de los experimentos de Mesmer. En la comisión encargada se hallaban personas del prestigio de Antoine Lavoisier o Benjamin Franklin. Su dictamen no dejó lugar a dudas.

Cuatro años antes, en el año 1780, el italiano Luigi Galvani (1737-1798) descubrió por casualidad que cuando una rana muerta estaba suspendida por un hilo metálico, al ser tocado éste accidentalmente con el escalpelo con el que la estaba diseccionando, sus patas se contraían de la misma forma que cuando aún se encontraba con vida. Al principio, Galvani había supuesto que la electricidad se hallaba presente de forma natural en el cuerpo del animal y que residía en su cerebro. Sería su paisano Alessandro Volta quien, repitiendo los experimentos, llegaría a una conclusión muy diferente. Prescindiendo de la rana, acabó construyendo la mítica pila voltaica. La rana simplemente conducía la electricidad generada por la pila.

El sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, obtuvo la cátedra de física en Bolonia en 1798. Llevó a cabo experimentos con animales de sangre caliente. Con una cabeza de buey y estimulando distintas partes del cerebro, consiguió que el animal mostrase gestos faciales que parecían sugerir que el animal vivía aún. Aldini aplicó terapia con descargas eléctricas a enfermos aquejados de depresión y fue el primero en hacer experimentos similares al de la cabeza de buey con seres humanos fallecidos, en particular con tres ajusticiados por decapitación. Por aquel entonces, llegó a correr la idea de que reanimar a un cadáver con éxito podía depender del tiempo transcurrido desde su muerte. Por fin, el 17 de enero de 1803 Aldini pudo aplicar la "galvanización" a George Forster, un ajusticiado por haber ahogado a su esposa e hijo en un canal. No hubo resurrección.

Solamente parecía restar un problema para crear vida y acercarse a Dios y era volver a poner en marcha un corazón parado. Comenzaron a surgir teorías, de las cuales sobrevivieron dos, cada una de ellas con sus fervientes partidarios. La primera y más pesimista afirmaba que el corazón era totalmente insensible a la estimulación eléctrica. La otra otorgaba una cierta esperanza, afirmando que el corazón efectivamente respondía a la electricidad, tras grandes dificultades, pero únicamente de forma muy leve.

Entre los que no creían en ninguna de las dos teorías, se encontraba Andrew Ure (1778-1857), un químico y cirujano escocés muy popular por sus clases en la universidad. Ure creía que los experimentos estaban equivocados porque, según él, fallaban debido a que la electricidad se aplicaba directamente al músculo cardíaco. En cambio, si se aplicase al nervio que conducía al músculo, la contracción de éste sería grande, vigorosa y muy probablemente sostenida. La oportunidad de comprobar su teoría llegaría el miércoles 4 de noviembre de 1818, fecha fijada para la ejecución por ahorcamiento de Mathew Clydesdale en Glasgow, Escocia. Las leyes promulgadas en 1752 establecían que los ajusticiados no fuesen enterrados sin más, sino que sus cuerpos debían ir directamente desde el patíbulo a la sala de disección. En el caso de Clydesdale, su cuerpo sería entregado al profesor de anatomía de la universidad de Glasgow, James Jeffray, quien llevaría a cabo la disección, mientras Andrew Ure pondría a prueba sus conocimientos sobre galvanismo mediante una pila voltaica compuesta por 270 discos. Aquel mismo año de 1818 vería la luz una de las más inmortales (nunca mejor dicho) obras de la literatura universal: Frankenstein o el moderno Prometeo.


Fuente: Raising the Dead, by Andy Dougan. Birlinn Limited, 2008.

Retrato lunar con arbol, niño, bicicleta y peluche alienígena

Publicado por Sergio L. Palacios | miércoles, septiembre 09, 2009 | 16 comentarios »

En el post anterior, dejaba camuflada entre líneas una cuestión que guarda relación con una de las hipótesis aducidas por los conspiranoicos lunares. Se trata del asunto de la visibilidad de los restos del alunizaje del Apolo XI desde la Tierra.

¿A qué distancia del suelo se encuentran E.T. y Elliott en la imagen?

Original design by : Yanku-template | Sponsored by : Tutorial87 / Commentcute / Free Blogger Template