IN MEMORIAM

IN MEMORIAM
¡Menudo cuento!

En ocasiones veo... hombres en la Luna

Publicado por Sergio L. Palacios | domingo, julio 19, 2009 | 7 comentarios »

Tal día como hoy de hace 40 años, tres hombres audaces hicieron historia. Sus nombres: Neil A. Armstrong, Edwin E. Aldrin Jr. y Michael Collins (no, no era célebre director de inteligencia del IRA). Poco después de las 15 horas (tiempo de Houston) del 20 de julio de 1969 su nave hollaba el suelo lunar. Aquel hito, llevado a cabo con una enorme presión política, durante la tristemente famosa Guerra Fría entre los Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, ha pasado a los anales de la Historia como el logro más grande de la Humanidad.

Pero a pesar de ello, sigue habiendo sobre la superficie de este pequeño planeta personas que insisten en que semejante hazaña nunca tuvo lugar, que todo fue simulado, grabado en un estudio de televisión o similar y que constituyó una conspiración gubernamental sin precedentes. ¿Puede concebirse semejante argumento? ¿Tiene visos de ser real? ¿Nos engañan nuestros gobernantes? ¿En qué hechos y pruebas se basan los defensores de la teoría conspiranoica? ¿Ha llegado realmente el ser humano a la Luna?



Pues la verdad es que si uno repasa los anales de la Historia, se dará cuenta rápidamente que la Luna ya había sido pisada por seres de este planeta mucho antes de que la tripulación del Apolo XI lo consiguiese. No hacía falta teoría de la conspiración ni nada que se le parezca. Solamente era necesario bucear un poco en los expedientes X de la ciencia ficción. No era tan difícil, caramba.

Bien, mis humildes conocimientos me indican que allá por el lejano 1750, Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen ya había conseguido poner el pie en la superficie del único satélite natural conocido de nuestro planeta. ¿Quién osaría dudar de la palabra de una persona capaz de salir de una ciénaga sin más que tirar de su propia cabellera?

En 1835, un tal Hans Pfaall, huyendo despavorido de sus acreedores, había abandonado cual alma que lleva el diablo la ciudad de Rotterdam a bordo de un globo aerostático rumbo a la Luna. La cosa era fácil, ya que disponía en secreto de un gas de densidad 37,4 veces inferior a la del hidrógeno y es de dominio popular que existe una atmósfera que se extiende a lo largo de los casi 400.000 kilómetros que separan planeta y satélite. Los cálculos del señor Pfaall le indicaban que alcanzaría su objetivo, si todo iba como estaba previsto, en 161 días. Inesperadamente, al cabo de tan sólo 19 se encontró con los selenitas. ¿Algún conspiranoico osaría dudar de esto?

Treinta años después, la cosa no tuvo tanto éxito. A bordo de un proyectil de cañón, Impey Barbicane, el capitán Nicholl y el caballero francés Michel Ardan eran desviados de su rumbo por un segundo satélite natural de la Tierra. Su periplo hasta la órbita lunar había transcurrido a lo largo de 97 horas, tan sólo cuatro menos que la nada pionera ni original aventura del Apolo XI.

Hubo que esperar 36 años más para que el profesor Cavor tuviese éxito en su misión. A bordo de una nave esférica ideada por él mismo y haciendo uso de un innovador medio de propulsión, la cavorita (desaparecida desde entonces sin dejar rastro), la Luna volvía a ser pisada por un hombre. ¿Y a que no sabéis qué se encontró allí? Preguntad a los abducidos, que hay muchos.


Al año siguiente, un tipo estupendo de nombre George Méliès desempolvaba la viaja idea del proyectil de cañón y mandaba otra misión a la Luna, también con éxito y enorme puntería. Efectivamente, la bala alunizaba directamente sobre uno de los dos ojos de nuestro satélite. Una vez más, los selenitas hacían acto de presencia, pero fueron rápidamente neutralizados a paraguazos por los intrépidos astronautas. No sé si habrá algún conspiranoico que tenga interés en saber que el mismo Méliès había traído la Luna hasta la Tierra en el año 1898. Resulta indudable que siempre será preferible que la montaña venga a Mahoma si lo contrario resulta mucho más difícil.

Quien más, quien menos, sabe que en la Luna existe una atmósfera perfectamente respirable por los seres humanos. Por eso, en 1929, la primera mujer en visitar tierras selenitas fue capaz de pasear por el regolito lunar sin escafandra, una hazaña aún no superada por ninguna otra mujer ni ser que se le parezca. El regreso fue más peliagudo, pues una falta de oxígeno similar a lo que les sucedería años más tarde a los miembros de la tripulación del Apolo XIII, dejaría a algunos de ellos en tierra, digo en luna. Desgraciadamente, en 1937 la Gestapo confiscó todas las copias existentes de aquella asombrosa aventura, destruyéndolas, pues las semejanzas con los planos y diseños de las tristemente célebres bombas volantes V-2 parecían más allá de la simple coincidencia.

Un viaje al espacio, aunque sea al astro más cercano, es una tarea de dificultad mínima. Y si no consigues llegar a la Luna porque se interpone en tu camino una persistente lluvia de meteoros, siempre puedes desviarte ligeramente y emprender rumbo a Marte, que está ahí al lado, caramba. Los tripulantes del cohete K-1 (a veces también se le conoce como Rocketship X-M, donde las letras, perfectamente traducidas al español como K-1, significan e-X-pedition M-oon) pueden dar fe de ello desde que aconteciese su odisea en 1950. Así que, conspiranoicos del mundo que vivís, os reproducís y demás, chupaos ésta: no sólo hemos pisado la Luna, sino también Marte, que para eso el combustible anda barato…

Ese mismo año de 1950, otra misión con destino a la Luna, tenía éxito, aunque concluyese con un terrible contratiempo. Un excesivo consumo de combustible obligaba a la tripulación a desprenderse de todo el peso superfluo para poder regresar. Desgraciadamente, los partidarios de la teoría de la conspiración tienen aquí argumentos de peso a favor de su lucha. Todo lo anterior formaba parte de una película escrupulosamente rodada con las puertas del plató abiertas de par en par y la prohibición expresa de fumar, para que la atmósfera fuese clara y nítida, simulando la falta de atmósfera lunar. El alunizaje de la nave estaba previsto inicialmente en el interior del cráter Aristarco, pero alguien anduvo vivo y se dio cuenta de que desde allí no sería posible la visión de la Tierra, tal y como se mostraba en una escena. Todo se modificó a tiempo y el cráter Aristarco se sustituyó por el Harpalus. Buf, casi…

Así llegamos a 1953, un año histórico, pues en un mismo año se consiguió pisar dos veces la superficie lunar. Un muchachito rubio, acompañado de un simpático fox terrier llamado Milú (el primer cánido en la Luna) llegaban al satélite de mano del genial Hergé. La otra misión con éxito encontraría algo más siniestro: una raza selenita de mujeres-gato con aviesas intenciones que habitaban en el interior de una caverna lunar dotada de atmósfera ubicada en la cara oculta.

La verdad es que, aunque les diésemos un voto de confianza a los conspiranoicos, resulta tan difícil de creer que el hombre no ha llegado a la Luna, que uno no sabe muy bien a qué atenerse. Veréis, ni siquiera hace falta entrenarse especialmente, astronauta puede ser cualquiera, hasta un grupo de ancianetes decrépitos lo consigue, aunque uno de ellos desgraciadamente tenga que finalmente quedarse atrapado en la superficie de la Luna. Eso sí, todo el drama es más llevadero si se escucha de fondo el genial “Fly me to the moon” del no menos genial Frank Sinatra.


Una de las hipótesis más defendidas por los partidarios de la conspiración consiste en afirmar que la bandera estadounidense plantada en el regolito ondeaba cual si hubiese aire en la atmósfera selenita. Y digo yo, ¿qué esperaban? ¿Acaso no puede ondear una bandera en ausencia de atmósfera? Si todo el mundo la ha visto ondear al viento, al compás de los motores de la imponente nave nodriza de los malvados extraterrestres de Indepenence Day, a su paso por las cercanías de la Luna. Quizá tengan razón, después de todo, una bandera quizá no pueda ondear, pero entonces ¿por qué ondean las capas de Superman o del Hombre Nuclear? ¿O es que me van a negar que Superman no puede llegar a la Luna cuando quiera, en un pispás? Superman no es humano, es un alienígena, y estos conocen la Luna, la Tierra y todos los planetas y galaxias que les salgan de los huevos (si es que los tienen, que vaya usted a saber). ¿No han visto el monolito que en 2001 se encontraba el doctor Floyd? Si hasta los tres supervillanos archienemigos de Superman, el general Zod, Ursa y Non vieron al llegar a la Luna que el hombre estaba allí. Anda, hombre, venga ya. Si es que es negar por negar, caray.


En honor a la verdad, tengo que decir que lo que ahora vemos en el cielo (siempre que no se halle en su fase de luna nueva) no es la verdadera Luna. No, no, se trata de una simulación, una proyección, una especie de holograma súper-avanzado hecho con tecnología ultrasecreta. ¿Por qué? Pues porque hace unos diez años, en 1999, tuvo lugar un terrible accidente. En la cara oculta, para que no la viésemos, existía una base humana permanente que se dedicaba a almacenar residuos nucleares (aquí en la Tierra no sabíamos qué hacer con ellos) procedentes de Garoña y otros cuchitriles semejantes. Desgraciadamente, tuvo lugar una explosión, un Chernobyl a gran escala y la Luna salió despedida fuera de su órbita. Hoy en día se encuentra vagando sin rumbo por el espacio, más allá del cinturón de Kuiper y nunca más regresará. Nunca más podremos enviar un hombre allá arriba, como estaba previsto hacerlo el próximo mes de octubre, para poder recolectar una prometedora fuente de energía: el helio 3.

Todo ese rollo patatero que nos han contado hace muy poco en Cuatro, sobre que un fragmento de estrella enana marrón había colisionado con la Luna y ésta se dirigía hacia nosotros en rumbo de colisión inminente no es más que un bulo sin fundamento. Ah, se me olvidaba. Hancock tampoco ha ido a la Luna. Es un superhéroe de pacotilla, borracho y deprimido y no lleva capa. Ese logotipo en forma de corazón que pintó en la Luna nunca existió…


Post Data: Bueno, como broma ya está bien. Al menos, ha sido divertido. Para haberlo escrito esta mañana deprisa y corriendo y apenas sin prepararlo, no ha estado mal del todo. Simplemente, eran fragmentos que me estaban dando vueltas en la memoria. Quizá algún día los prepare adecuadamente y salga algo decente de todo ello.

En fin, al grano, que es lo que importa. He querido hacer un homenaje, pequeño, eso sí, a aquellos tres hombres que hace hoy 40 años lograron, y no me cabe la menor duda sobre la veracidad de semejante hazaña, pisar la superficie de la Luna. Lo he hecho a mi estilo, con el estilo inconfundible de este blog, es decir, con películas y novelas de ciencia ficción, algunas que recordaba. Seguro que me he olvidado de un buen montón de ellas y les pido perdón.

Pero lo más importante, y por eso lo he dejado para el final, es que me he propuesto ridiculizar un poco a toda esa gente que aún hoy, en pleno siglo XXI, siguen creyendo que todo fue un engaño, que aquella aventura nunca tuvo lugar. Pobrecillos. Un poco de ciencia no les vendría nada mal. Y aquí es donde quería llegar, o alunizar, como prefiráis. Si queréis conocer a fondo muchas de las hipótesis propuestas por los partidarios de la teoría de la conspiración y descubrir cómo desmontarlas pieza a pieza, una por una, con la única arma del conocimiento científico, dejadme que os recomiende un libro publicado hace tan sólo unos días por un gran amigo, colega y seguro que mejor persona aún. Eugenio Manuel Fernández Aguilar, sevillano de pura cepa, pero como él mismo dice roteño de adopción y a mucha honra. La conspiración lunar ¡vaya timo! es el título de su libro, publicado por la editorial Laetoli. Merece mucho la pena, de verdad de la buena… ¡Va por ti, Eugenio!



Se nota que son fechas de fin de curso, de vacaciones y de mentes fatigadas. Muy pocas visitas en el último mes y aún menos comentarios en el último post. Para más inri, bastante desacertados. Os habéis centrado en gazapos de carácter biológico, cuando este blog es sobre física. Por lo tanto, se proponen gazapos de física.

Bien, vamos con el tema que nos ocupa. El fragmento de diálogo transcrito corresponde a uno de los clásicos del cine de ciencia ficción de los años 1950. Efectivamente, se trataba de La humanidad en peligro (Them!, 1954). En ella se narra la aparición de gigantescas hormigas mutantes a causa de las pruebas nucleares llevadas a cabo durante las décadas anteriores. Con tamaños de varios metros se enfrentan a la raza humana para aniquilarla.

Si nos fijamos en el debate que tiene lugar entre los protagonistas, se afirma que algunas especies de hormigas son capaces de construir galerías de hasta 9 metros de profundidad. Posteriormente, aseguran que los hormigueros de las hormigas mutantes tendrán cientos de metros de longitud. Bien, esto parece evidente si acudimos a la célebre ley del cuadrado-cubo, que ya apareció por estas páginas en varias ocasiones anteriores.

Todos habréis experimentado en ocasiones que cuando se libera un perfume en un punto de una habitación, al cabo de un tiempo determinado, podemos percibir su olor en otro punto diferente. Decimos que el perfume se ha difundido en el aire. La ley física que describe la difusión de una sustancia en otra (en el caso anterior, del perfume en el aire) recibe el nombre de ley de Fick.

Con esta ley se puede establecer una relación entre el tiempo transcurrido y la distancia promedio recorrida por las partículas de la sustancia difundida. En dicha relación aparece una constante, denominada coeficiente de difusión y es un parámetro que depende tanto de la naturaleza de la sustancia difundida (perfume) como de la sustancia en la que se difunde (aire). También influye la temperatura, pero obviaremos este hecho. A partir de los valores determinados experimentalmente de estos coeficientes de difusión, se puede comprobar que los líquidos se difunden mucho más lentamente que los gases, por ejemplo.



Si estudiamos la difusión de hidrógeno en aire, se ve que para que una concentración apreciable del primero llegue a un metro de distancia se requieren unos 32 minutos; al cabo de 73 minutos habrá alcanzado los 1,5 metros. En este mismo lapso de tiempo, el oxígeno sólo se habría difundido hasta unos 80 centímetros. Y es que la difusión de los gases en aire es un proceso extraordinariamente lento.

Vamos ahora con las hormigas gigantes. Pongamos la cosa facilita. Suponiendo que la profundidad de las galerías es de 100 metros y utilizando el coeficiente de difusión del cianuro en aire (cortesía de Alejandro. Gracias, amigo), muy similar al del oxígeno, resulta que el tiempo estimado para que el veneno pudiese alcanzar de forma eficaz el fondo del hormiguero, resultaría ser de algo más de 9 años. Se nos iba a hacer larga la espera.

NOTA CURIOSONA: Si decidís ver la película (recientemente editada en DVD), observad con atención y podréis contemplar el cianuro arrojado en el hormiguero suspendido a ras del suelo por el que caminan nuestros protagonistas. Resulta sorprendente, ya que el cianuro es menos denso que el aire y debería ascender hasta darles en los morros. ¡Cosas veredes, amigo Sancho!

El consultorio del profesor Enigma (7)

Publicado por Sergio L. Palacios | jueves, julio 02, 2009 | | 10 comentarios »

Hemos pasado el último mes construyendo una máquina del tiempo y teníamos algo abandonado a nuestro querido profesor Enigma. Aquí os traigo otro de sus enrevesados enigmas. En esta ocasión, os transcribo el coloquio entre cinco personajes (hay alguno más, pero no interviene en la discusión). ¡Ánimo y a por el gazapo!


P1: - ¿Saben que algunas especies de ??? hacen galerías de nueve metros de profundidad o más?

P2: - Entonces, el nido que hemos descubierto debe tener cientos de metros.

P3: - Lo mejor es cerrar la salida de forma que no puedan abrirla.

P1: - Ellas tratarían de abrir un túnel por otra parte. Y no nos conviene que estropeen el nido. Aún no.

P2: - ¿Qué podemos hacer?

P1: - Primero, esperar hasta mañana. A mediodía la totalidad estará en el ???. Mantenerlas confinadas allí será nuestro problema. Tenemos dos posibilidades: la primera sería... inundar el nido. Las ??? no pasan a aguas profundas. No, su sistema respiratorio se lo impide.

P4: - Perdone, doctor, pero agua en cantidad no tenemos excepto a mucha distancia.

P3: - Por eso quiso ponerse en comunicación con los meteorólogos.

P1: - ¿No habría medio de conseguir mañana formación de nubes?

P3: - No, no hay esperanza de hacer nubes artificiales. Además, es muy difícil lograr la lluvia en esta parte del desierto. ¿Cuál es la segunda posibilidad?

P1: - Calor suficiente para hacer que las ??? profundizasen más en el nido y mantenerlas allí.

P5: - ¿Pero sin bombas, eh? ¿Serviría el fósforo? Podríamos extenderlo bien con bazookas.

P3: - ¿Conservaría la superficie caliente? ¿Y qué haríamos luego?

P1: - Podríamos arrojar cianuro en las aberturas y matarlas.

P3: - ¿Cómo sabríamos que habían muerto todas?

P1: - Entrando en el nido para verlo.

¡2048!

Publicado por Sergio L. Palacios | lunes, junio 29, 2009 | 19 comentarios »

Hace ahora algo más de un año, en concreto 14 meses, que está a la venta mi libro "La guerra de dos mundos". Hoy mismo he recibido el informe anual de mi editor con las cifras de ventas correspondientes al año 2008. De los 3090 ejemplares puestos a la venta, se han vendido hasta el 31 de diciembre pasado (8 meses) la nada despreciable cifra de 2048 unidades, quedando únicamente 975 en stock (a los que no les cuadren los números les diré que 67 ejemplares fueron destinados a obsequios o deferencias con medios de prensa y demás). Quiero desde aquí dar las gracias sinceramente a todos los que habéis adquirido alguno. También me gustaría agradecer a la editorial Robinbook por haber confiado tanto en mí como en el libro. Espero no haberos decepcionado y, si lo he hecho, ojalá haya sido poquito. La próxima vez intentaré hacerlo mejor.

El doctor Jekyll reflexiona durante un instante y comienza a verlo todo claro. Y yo, que estoy escribiendo este post y soy el que mueve los hilos de mis dos marionetas os lo paso a contar de la manera más clara que me sea permitida.

¿Qué sucedería si el agujero de gusano que mantiene en estrecho contacto a Jekyll con Hyde no estuviera presente? Para entender esta circunstancia, hay que recordar la teoría de la relatividad especial de Einstein. Como Hyde ha estado viajando por el espacio a una velocidad del orden de la de la luz en el vacío, el tiempo de su nave ha transcurrido a diferente ritmo que el tiempo en el laboratorio terrestre de su colega el doctor Jekyll; de hecho, el viaje de ida y vuelta ha durado menos medido en tiempo de la nave que en tiempo del laboratorio. Así pues, cuando Hyde regresa es más joven que Jekyll (como son dos versiones de la misma persona, inicialmente, antes de emprender la aventura, tenían la misma edad). En realidad, lo que ha sucedido es que Hyde ha viajado a su futuro y se ha encontrado con una versión "buena" de su personalidad desdoblada, pero de más edad. Ahora bien, si el bueno del doctor Jekyll se dejase guiar por el reloj de su "yo mezquino" podría considerar que, tras ingerir la pócima milagrosa, ha rejuvenecido o, equivalentemente, que ha viajado a su propio pasado. Sólo que esto último no deja de ser un sueño.

Volvamos de nuevo a la situación que están viviendo nuestros dos protagonistas, uno en el centro de estudios avanzados y el otro a bordo de la nave espacial. ¿Por qué el primero observa la rampa de lanzamiento vacía si lo hace por el espacio ordinario, mientras es testigo del aterrizaje echando un vistazo a través de la boca del agujero de gusano situada en el laboratorio? Muy sencillo, los relojes de Jekyll y Hyde han permanecido sincronizados en todo momento a través del agujero de gusano, pero se han desincronizado por fuera del mismo como consecuencia del efecto de la dilatación temporal relativista. En otras palabras, lo que Hyde ve a través de la boca del agujero de gusano a bordo de la nave es su pasado, un instante de tiempo en la Tierra en el que aún no ha aterrizado y que es corroborado por lo que Jekyll le está diciendo desde el otro extremo del agujero de gusano. Inversamente, el bondadoso doctor, cuando mira a través de la boca situada en el laboratorio no hace otra cosa que asistir a su propio futuro, a un momento del tiempo que aún no ha tenido lugar en la Tierra. Si cualquiera de nuestros dos amigos se introdujese en el interior del agujero de gusano, viajaría de forma prácticamente instantánea, bien hacia el futuro (Jekyll), bien hacia el pasado (Hyde). El agujero de gusano se ha transformado en una máquina del tiempo que conecta dos instantes separados en el flujo temporal por una cantidad que depende de la velocidad a la que se ha desplazado la nave y de la distancia recorrida. De esta manera, ha quedado establecida una diferencia temporal permanente entre las dos bocas. Se puede entrar por una de ellas y viajar en el tiempo un determinado lapso del mismo al salir por la otra, repitiendo la maniobra casi todas las veces que se desee y acumulando horas, días e incluso años. La única limitación existente consiste en que jamás se podrá retroceder al pasado hasta una fecha anterior a la construcción de la máquina.

A la vista del párrafo anterior, parece claro que nuestro invento está terminado y listo para poder utilizarse a capricho, siempre que seamos capaces de llevar a cabo todas las tareas que os he ido exponiendo en las entradas anteriores o, alternativamente, que una civilización mucho más avanzada que la nuestra (los veguianos, por ejemplo) haya llevado a cabo el trabajo por nosotros. Sin embargo, son muchos los inconvenientes que pueden surgir. Uno de ellos tiene que ver con lo siguiente: ¿qué sucede una vez efectuado el viaje de la nave pilotada por Hyde cuando las dos bocas del agujero de gusano, debidamente desfasadas en el tiempo, vuelven a acercarse entre sí, dando lugar a la máquina del tiempo propiamente dicha? ¿No podría suceder que la luz que viajase a través de la garganta del agujero regresase viajando por el espacio normal y volviese a penetrar por la misma boca que lo había hecho inicialmente, pero en un instante de tiempo previo al primero? ¿No se encontrarían dos versiones de la misma luz, duplicando así su energía? ¿Y no sería posible que el proceso volviese a repetirse, una vez más, duplicándose de nuevo la energía inicial? ¿Y si sucediese esto una y otra vez hasta hacerse infinita la energía? ¿No se produciría la autodestrucción del mismísimo agujero de gusano?

Con el fin de evitar esta aparentemente insalvable dificultad, sería deseable evitar el acercamiento mutuo entre las dos bocas del agujero. ¿Cómo hacer esto, es decir, mantener las dos entradas (o salidas, según se mire) alejadas entre sí y seguir teniendo una máquina del tiempo en el laboratorio? (si ambas están separadas por millones de kilómetros, la máquina del tiempo no resulta demasiado eficaz que digamos, aunque continuaría siendo un excelente medio de transporte interestelar hiperveloz). La solución del problema consiste en disponer de un segundo agujero de gusano (el desfase temporal entre sus bocas no sería necesario), con sus bocas respectivas situadas adyacentes a las de nuestra máquina del tiempo (estas últimas podrían estar todo lo alejadas entre sí que quisiéramos). De esta forma, entrando por la boca 1 de nuestra máquina del tiempo saldríamos por la boca 2 en un instante distinto del futuro o del pasado, saltaríamos a la boca 2 del nuevo agujero de gusano, que se encuentra allí mismo, viajaríamos por este segundo agujero y saldríamos de nuevo por su boca 1, que se encuentra al lado de la boca 1 de la máquina.

Finalmente, regresemos de nuevo al momento en que nuestra querida doctora Arroway se dispone a introducirse en la cápsula a bordo de la que emprenderá su ansiado viaje hasta Vega. Comienza la cuenta atrás y… allá va. Al principio nota un suave traqueteo, pero enseguida la vibración empieza a intensificarse. Experimenta toda una serie de sensaciones extrañas y desconocidas. (NOTA: las dos últimas frases no guardan relación alguna con el sexo con ayuda de dildos). De repente, todo se detiene y vuelve la calma, pero tan sólo dura un instante. A continuación, de nuevo la misma experiencia que se repite varias veces más. Ha viajado a través de unos cuantos agujeros de gusano intercomunicados. Por fin, llega a su destino y allí asiste a unos acontecimientos que marcarán profundamente para siempre su vida. A su regreso, el sistema de grabación de a bordo únicamente muestra 18 horas de ruido, ni imagen ni sonido, nada que corrobore su increíble experiencia. Desde el centro de control de la misión, en tierra, el periplo de Ellie tan sólo ha durado unos segundos; aparentemente el viaje nunca tuvo lugar. Curiosamente, nadie había advertido que el sistema de transporte interestelar de los veguianos llevaba asociado un curioso “efecto secundario”. El entramado compuesto por varios agujeros de gusano entrelazados se había convertido en una máquina del tiempo, una cuyas bocas extremas estaban desfasadas temporalmente en 18 horas. Elleanor Arroway había, en efecto, entrado en contacto con una civilización extraterrestre, había permanecido con ellos 18 horas, pero había regresado antes de partir...




Para saber más:

  1. Hiperespacio. Michio Kaku.
  2. Cómo construir una máquina del tiempo. Paul Davies.
  3. Black holes, wormholes and time machines. Jim Al-Khalili.
  4. The science of Doctor Who. Paul Parsons.
  5. El futuro del espaciotiempo. Stephen Hawking y otros.
  6. Time machines. Paul J. Nahin.
  7. Los nuevos viajeros en el tiempo. David Toomey.

En la entrada anterior habíamos dejado a la idealista doctora Arroway con la miel en los labios, ya que con un agujero de gusano del tamaño de una miserable longitud de Planck, la verdad es que poca cosa puede hacer, salvo que ella misma quiera someterse a una implosión semejante a la experimentada por la burbuja de quarks-gluones y quedarse con una talla de pecho que a ver dónde se va a comprar lo sujetadores como no sea en “Lencería Planck”. En fin, que Ellie, más bien, va a necesitar una buena cantidad de materia exótica si lo que pretende es evitar que la garganta del agujero de gusano cuántico se cierre antes de que se dé cuenta y arruine su periplo hasta Vega. Pero éste no será el único problema. Además de incrementar su tamaño para que un ser humano pueda transitar por él, el viaje por el agujero de gusano debe resultar confortable, es decir, la gravedad en su interior debe ser soportable. Se necesita, pues, como ya dije antes, una buena dosis de materia con propiedades antigravitatorias (masa negativa) que compense en parte las descomunales fuerzas atractivas reinantes que tienden a llevar el agujero de gusano a colapsar en tiempos extremadamente cortos. Una cosa está clara y es que cuanta más materia exótica tengamos en el almacén tanto mayor podremos hacer el diámetro de las bocas de nuestro agujero (buf, qué mal suena esta frase). Sin embargo, los cálculos nos muestran la cruda realidad. Una boca de, aproximadamente, un metro de diámetro requiere una cantidad de materia exótica del orden de la masa de un planeta semejante a Júpiter. Y ya sabéis lo difícil que resulta encontrar la susodicha, que ni con el célebre efecto Casimir se consiguen cantidades apreciables. Quizá esta sea la razón por la que en la película Contact únicamente puede viajar un solo pasajero a bordo de la máquina; simplemente el agujero de gusano no se podía hacer mayor. Ni los veguianos se libran de la crisis del mercado de materia exótica.

Ahora bien, una civilización suficientemente avanzada como parecen ser los veguianos que, tan amablemente, envían a los atrasados terrícolas las instrucciones tridimensionales de un hiperveloz vehículo de transporte interestelar bien podría conocer algún medio o técnica para sintetizar cantidades enormes de masa negativa o, alternativamente, haber descubierto fuentes naturales de la misma, como en las hipotéticas cuerdas cósmicas formadas en los primeros instantes posteriores al nacimiento del universo, tal y como lo conocemos. Sea como fuere, supongamos que hemos sido capaces de ensanchar el agujero de gusano hasta unas dimensiones adecuadas a la escala humana. ¿Qué hacemos ahora con él?

Bien, ante todo aclarar que un agujero de gusano situado en un centro de investigación avanzada sobre agujeros de gusano tiene mucho interés teórico, pero casi ninguno práctico. La verdadera utilidad de un artilugio semejante consiste en poder emplearlo como medio de transporte instantáneo entre dos puntos arbitrariamente alejados entre sí. Si una de las bocas se encuentra en la Tierra y la otra en Vega, podríamos ir de la primera a la segunda o viceversa en un tiempo relativamente corto, dependiendo de la longitud de la garganta del agujero de gusano (recordad que esta distancia se recorre por una dimensión espacial distinta a las tres dimensiones ordinarias; llamadlo hiperespacio si queréis). Sin embargo, si el viaje lo lleváramos a cabo por el espacio ordinario, incluso a la velocidad de la luz, emplearíamos nada menos que 26 años (medidos en tiempo terrestre). Así pues, para establecer el “puente aéreo” Tierra-Vega habría que transportar de alguna manera (por ejemplo, a bordo de una nave espacial) una de las dos bocas hasta Vega. Ahora bien, ¿cómo se hace esto?

Pues la verdad es que, a ciencia cierta, nadie lo sabe con certeza. Se han propuesto alternativas, pero más bien bastante especulativas y nunca satisfactorias del todo. Entre ellas, cargar eléctricamente la boca a bordo de la nave y arrastrarla mediante el empleo de un campo eléctrico adecuado; también utilizar un asteroide de gran tamaño con el que remolcar gravitatoriamente la boca del agujero de gusano hasta el punto de destino.

Pero no nos distraigamos de nuestro objetivo inicial. ¿Cómo transformar nuestro agujero de gusano en una máquina del tiempo? Pues ni más ni menos que con ayuda de la teoría de la relatividad de Einstein. Y, de manera totalmente intencionada, no especifico si es la especial o la general, porque pueden ser ambas, tal y como más tarde explicaré.



Bien, admitamos que somos capaces, por el medio que sea, de embarcar una de las bocas del agujero de gusano a bordo de una nave espacial capaz de desplazarse a gran velocidad (comparable a la de la luz). La otra boca la dejamos en tierra, en el centro de estudios avanzados. Sincronicemos los relojes del astronauta Hyde a bordo de la nave y el del profesor Jekyll en el laboratorio terrestre. Si cada uno de ellos mira a través de su boca (no la que tienen bajo sus narices, sino la de cada uno de los dos extremos del agujero de gusano) verá a su otro colega tan sólo separado por una distancia muy pequeña (la longitud de la garganta del agujero de gusano). Sin embargo, si miran por fuera de las bocas, por el espacio ordinario, se encontrarán separados por la distancia normal entre el laboratorio y la rampa de lanzamiento. Ahora dejemos que despegue la nave y se aleje continuamente de la Tierra a decenas de miles de kilómetros por segundo. A medida que pasa el tiempo, la distancia entre la nave y la Tierra va aumentando más y más, pero tan sólo si se mide por el espacio ordinario; a través del agujero de gusano siguen a la misma distancia que al principio, y esta distancia se mantiene constante durante todo el viaje. Al llegar a su destino, Hyde emprende el regreso. Algún tiempo después, habla con Jekyll a través del agujero y le comunica que se está aproximando a la rampa de lanzamiento y, en breve, tomará tierra. El profesor comprueba, también a través de su boca del agujero de gusano, que su alter ego viajero efectivamente está llevando a cabo las últimas maniobras de aproximación. En cambio, echando un vistazo por fuera, por el espacio ordinario, no ve nada. Es más, de acuerdo con sus cálculos, aún falta bastante tiempo para que Hyde aterrice. Vuelve al laboratorio, mira de nuevo por el agujero y ve a Hyde en la rampa de lanzamiento, dispuesto a bajar de la nave. Regresa una vez más al exterior de su laboratorio y constata, de nuevo, que en la rampa no hay señales de aterrizaje alguno…

Deudas pendientes hechas realidad

Publicado por Sergio L. Palacios | martes, junio 16, 2009 | , | 0 comentarios »

Hace ya algún tiempo que alguno de vosotros me había solicitado que subiera a algún servidor mis apariciones en los medios de prensa. Pues bien, ahora esa deuda que tenía pendiente voy a poder pagarla. Y ha sido gracias a Twitter, que tiene una utilidad muy fácil de usar con la que se pueden subir ficheros. Se trata de FileSocial. Allí he dejado cuatro entrevistas que me hicieron en su día en otras tantas emisoras de radio. Si os apetece escuchar un poco a este lisiado mental, ahora es el momento. Aquí están los enlaces. Puede que aquí, allí, allá y acullá también se puedan escuchar.

FCF en Twitter

Publicado por Sergio L. Palacios | lunes, junio 15, 2009 | 5 comentarios »

Uno de los seguidores más fieles de FCF, DarkSapiens, acaba de dejar un comentario en la entrada anterior aconsejándome que me integre en la red social de Twitter. La verdad es que ya llevaba unas semanas dándole vueltas al asunto y, finalmente, me he decidido a dar el salto. No sé cómo resultará la experiencia ni si tendré tiempo para estar pendiente de tantas cosas, pero por probar durante una temporada tampoco se pierde gran cosa. Intentaré, si es que se puede, que tampoco lo sé a ciencia cierta, dejaros unos enlaces a alguna que otra entrevista de radio en la que he participado y, con el tiempo, alguna que otra cosilla que considere de interés.

Os dejo en la barra lateral la ventanita correspondiente a FCF en Twitter. Ahí mismo podéis haceros seguidores. Veamos qué tal resulta la experiencia y si conseguimos entre todos difundir un poco más este siempre vuestro blog.

FCF (3ª temporada)

Publicado por Sergio L. Palacios | sábado, junio 13, 2009 | 23 comentarios »

Otra vuelta más de la Tierra alrededor del Sol. Y ya van tres desde que aquel lejano 13 de junio de 2006 se me ocurriera comenzar a escribir este blog. Han sido más de mil días de disfrute total, pero también de tensión y de responsabilidad para con los lectores, no solamente los esporádicos que caen por aquí de vez en cuando, muchas veces buscando información que no tiene nada que ver con lo que en estas páginas se encuentran, sino sobre todo con los más de 400 suscriptores, esos de vosotros que permanecéis fieles una semana sí y otra también esperando a que mi tiempo me permita escribir las aventuras que luego leéis en tan sólo unos cuantos segundos.

Este post es para agradeceros a todos vuestro interés, vuestra confianza y vuestra fidelidad. Porque escribir para uno mismo no tiene ningún sentido (al menos para mí) pero escribir para los demás, además de ser un honor, me resulta increíblemente placentero y, sobre todo, estimulante. Y más, cuando lo que uno escribe es sobre física, la más importante de las ciencias que haya salido jamás del intelecto humano.

Sé positivamente que en ocasiones he logrado mi objetivo, que no es otro que hacer llegar el conocimiento de las leyes físicas, fomentar el espíritu crítico y el pensamiento escéptico, pero lamentablemente en otras ocasiones he fracasado estrepitosamente. En esas ocasiones, quizá yo mismo haya confundido el tocino con la velocidad, las espadas láser con los plasmas o vaya usted a saber. Muy a mi pesar, no soy perfecto, ni mucho menos. Pero os aseguro que trabajo cada día de mi vida para intentar acercarme, aunque sea tan sólo un miserable angstrom.

No me gustaría terminar sin decir otra cosa a la que llevo ya algún tiempo dando vueltas, muchas vueltas. Tiene que ver con la popularidad del blog. En alguna ocasión os he comentado que jamás pensé ni por lo más remoto que esta aventura fuese a durar tanto tiempo y que tanta gente fuese a leer mis frikiocurrencias. Pero, ay, es que la vanidad me puede y a lo cómodo y lo bueno uno se acostumbra demasiado rápidamente. Desgraciadamente, la popularidad del blog lleva mucho tiempo estancada, el número de suscriptores se mantiene constante desde hace meses, muchos meses; el número de blogs que hacen referencia a éste no aumenta, ni mucho menos (según datos de technorati). Y todo eso para alguien como yo que cada día quiere más y más y mejor es un golpe demasiado duro en el orgullo profesional. Entiendo que cada vez abundan más los blogs sobre ciencia en Internet y que un blog como éste, que tan sólo se actualiza una vez por semana, jamás podrá competir con otros que actualizan todos los días y varias veces. Pero aquellos que me conozcáis sabéis muy bien que esto no constituye ni siquiera un mínimo consuelo para mí. Yo siempre querré más y, por encima de todo, mejor. Y si no lo puedo conseguir, como de hecho, parece que está sucediendo, creo que lo mejor y más sensato será hacer mutis por el foro y dejar paso a los que lo merecen más. Al fin y al cabo, es ley de vida. Los mejores y más aptos sobreviven.

Termino ya el discurso, que es sábado y es el día que menos me leéis. Gracias una vez más por seguir ahí a los que seguís ahí y también a los que aparecéis de vez en cuando. Disfrutadlo, que queda poco...

Un inconveniente muy serio que presentaban estas estructuras espacio-temporales de dimensiones tan inimaginablemente diminutas como eran los agujeros de gusano que se encontraban surgiendo por aquí y desvaneciéndose por allá entre las olas del mar de espuma cuántica era que no había manera alguna de saber en qué lugar y en qué instante se iban a dar semejantes acontecimientos tan extraordinarios. Así pues, resultaba impensable capturar uno de estos agujeros de gusano. Y, aunque hubiese la más mínima posibilidad de conseguirlo, restaba la cuestión de su utilidad práctica, ya que sus dimensiones reales (escala de Planck) no resultaban las más adecuadas para poder ser utilizados como naves espaciales, a no ser que se pudiera reducir al mismo astronauta hasta tamaños comparables, lo cual no parecía estar al alcance de la ingeniería genética más avanzada.

Nos encontramos, entonces, ante una aparente encrucijada. Por un lado, no parece haber evidencia alguna de la existencia de agujeros de gusano de tamaño macroscópico en rincón alguno del universo observable. Por otro lado, si la teoría de Wheeler es correcta, estas estructuras se encuentran permanentemente a nuestro alrededor, aunque ocultas a la vista, de forma más que abundante formando parte de la espuma cuántica, pero, en cambio, no hay manera de atraparlas debido a sus efímeras existencias. ¿Cuál es la solución al problema? Muy sencillo: ¿qué tal construir una, fabricar un agujero de gusano?

Cuando Thorne y sus colaboradores se plantearon la cuestión del empleo de agujeros de gusano como vehículos de transporte interestelar o intergaláctico, enseguida se dieron cuenta de que no iba a ser tan sencillo. De hecho, determinaron que a no ser que emplearan una nueva clase de materia desconocida (ellos la llamaron “materia exótica”) iba a resultar imposible que el agujero de gusano no colapsase y, por tanto, dejase de ser viable. El colapso sería tan rápido que no solamente el astronauta no tendría tiempo de atravesarlo, sino que ni siquiera la luz podría llevar a cabo semejante hazaña. Aquella materia exótica debía tener la misión de evitar que tanto las bocas como la garganta del agujero de gusano no permaneciesen en su sitio tanto tiempo como fuera preciso, manteniendo en todo momento unas condiciones físicas soportables para el viajero. Además, su comportamiento sería tal que proporcionase una presión negativa (hacia afuera) o un efecto antigravitatorio (masa negativa) con objeto de que las bocas no se cerrasen a causa de la enorme presión (hacia adentro) que reinaba en su interior. Dicha presión en el interior de la garganta del agujero de gusano varía inversamente con el cuadrado del radio mínimo de la misma, alcanzando valores comparables a los existentes en el centro de las estrellas de neutrones (billones de cuatrillones de toneladas por centímetro cuadrado) para radios de la garganta de tan sólo unos pocos kilómetros. En caso de no querer hacer uso de la materia exótica, el mismo efecto se podría lograr mediante el empleo de campos magnéticos de unos centenares de teslas (varios millones de veces más intensos que el campo magnético terrestre). Sin embargo, la pega era que entonces la garganta del agujero de gusano debía tener un radio mínimo del orden de unos pocos años luz. A ver quién era el listo que podía construir un agujero de gusano de semejantes dimensiones.



¿De dónde sacar, pues, la materia exótica con masa negativa requerida? ¿Recordáis este post y a nuestro viejo amigo Hendrik Casimir? Pues más o menos por ahí van los tiros. Pero, antes de solucionar este problema, si habéis puesto un poco de atención, habréis caído en la cuenta de que hemos dejado una cuestión pendiente. Estamos hablando de cómo mantener abierto y atravesable nuestro ansiado agujero de gusano y, sin embargo, aún no hemos dicho nada acerca de cómo crearlo. Volvamos, entonces, al principio.

Os recuerdo que a causa de lo impredecible que resultaba conocer el lugar y el instante preciso en que podría surgir un agujero de gusano cuántico en la espuma espacio-temporal, la única alternativa consistiría en reproducir nosotros mismos las condiciones físicas que se dan a la escala de Planck (en la película Contact, parece ser una civilización mucho más avanzada que la nuestra la que ha hecho realidad semejante logro tecnológico). Para ello, sería preciso generar una energía capaz de recrear una situación lo más parecida posible a la que se dio en los momentos iniciales posteriores al Big Bang, donde la temperatura del universo rondaría los cientos de millones de cuatrillones de grados (temperatura de Planck) y concentrarla en una región del espacio tan pequeña como la longitud de Planck. Y bien, ¿cómo se hace esto? Pues, ni más ni menos que con ayuda de algunos de los materiales que os encargué hace algunas semanas.



Bien, como señala Paul Davies en su asombroso libro Cómo construir una máquina del tiempo, primeramente necesitamos iones pesados, de elementos que en la tabla periódica posean números atómicos elevados, como el oro o el uranio, por ejemplo. En segundo lugar, debemos acelerarlos a velocidades próximas a la de la luz. Para esto, no hay como un buen acelerador de partículas. Si tenemos el dinero y la ingeniería adecuada para disponer de estas dos cosas, ya sólo resta bajar la palanca hasta la posición de ON y meterles un poco de caña a los iones. Cuando éstos colisionen entre sí a tan enormes velocidades, ni siquiera sobrevivirán sus núcleos. Más bien, las partículas que los constituyen, como los protones y los neutrones se pulverizarán y darán lugar a una serie de partículas más elementales como son los quarks y gluones, los cuales formarán una especie de burbuja tan caliente que alcanzará una temperatura del orden de las decenas de billones de grados. Sin embargo, en el párrafo anterior os señalaba que se precisan temperaturas aún mucho más elevadas, de hecho unos diez trillones de veces mayores. Y si queremos lograrlas no queda más remedio que comprimir la burbuja de quarks-gluones hasta una trillonésima parte de su tamaño actual. La idea del profesor Davies consiste en la disposición simétrica y con geometría esférica una serie de bombas termonucleares, en el centro de la cual se coloca el objetivo (en este caso, la burbuja de quarks-gluones). Los enormes campos magnéticos que se generasen en la detonación de los artefactos termonucleares ejercerían presiones iguales dirigidas hacia el centro de la disposición esférica, provocando la implosión del blanco/burbuja, donde se generarían unas densidades inimaginables cuyo resultado probable sería bien la creación de un agujero negro (resultado no deseado) bien la de un agujero de gusano de tamaño diminuto. Ahora ya sí que estamos en disposición de retomar la cuestión de la materia exótica y de cómo conseguir que nuestro agujero de gusano adquiera el tamaño adecuado para albergar en su interior una nave espacial de forma segura. “Ellos quieren que vaya un americano, doctora [Arroway]. ¿Le apetece un paseo?”

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